Hace tiempo que dejé de escribirte. Lo dejé porque pensé que no serviría de nada, pero a pesar de eso, todo lo que escribo, sigue siendo para ti. Y aunque no te lo escriba a ti directamente, solo pienso en ti cuando lo hago. Veo tu sonrisa en mi mente, y eso, «amigo» mío, es mi inspiración. Sí. Es estúpido, pero cierto. Eres mi inspiración. Porque cada vez que te miro, veo una obra de arte. Difícil de entender, pero preciosa a la vez. Veo mi mundo en tus ojos, y oigo mi felicidad con tu risa. Puede que no te lo escriba a ti, pero a nadie más le dedico mis palabras. Nadie más quiere estudiarse tus lunares como yo. Y por mucho que cueste entenderte, yo me quedaría viviendo en el museo de tu mente. Dormiría en la escultura de tu cuerpo. Y me arroparía en la melodía de tu voz. Siento que soy un lienzo en blanco y tu eres una explosión de pinturas acrílicas. Aunque puede que sea un pincel y tú seas los pelos del mismo. Pero... ¿Y si eres una paleta, con tan sólo un color? ¿Cómo me pintaras las sonrisas entonces? ¿Cómo dispersarás mis lágrimas? ¿Qué pasa si tu rojo y mi azul no crean un morado? Me esta entrando miedo. No quiero que nuestras mezclas hagan un negro. No quiero que tu pintura se seque en otro lienzo. Quiero que tus colores llenen de ilusión los míos. Y que juntos formemos la mejor escala cromática nunca vista. Pero, sinceramente, ¿acaso importa lo que yo quiero? Si total, este texto, -al igual que el resto- no es para mi, si no para ti.
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